17 de noviembre de 2010

la alfombra

me la regaló mi madre hace ya 33 años.
Aunque realmente no me la dio hasta que pensó que yo era un hombrecito responsable que al menos no la rompería a las primeras de cambio.
Hasta ese momento, ella la cuidó con todo su cariño para que no se manchara, no se arrugara y no perdiera el color.
Pero hubo un momento que se tuvo que desentender de ella. La alfombra era ya mi responsabilidad.
Y claro, pasó lo que tenía que pasar. Que la manché. Ya no recuerdó con qué, pero sí recuerdo como me sentí de mal al verla profanada. Peor que cuando se murío mi primer hamster o mi mejor amigo se fue del barrio.
En el poco tiempo que hacía que la tenía, toda para mi, algo se me cayó encima que la dejó perdida. Y la amargura me duró mucho tiempo.
Por supuesto, mi madre me dio los mejores consejos para limpiarla y me ayudó en todo lo que pudo. Pero no hubo manera de dejarla como nueva, algo de la mancha quedó.

Ahora la miro, y apenas se aprecia, pero yo sé que la mancha está ahí.

Me prometí que no volvería a pasar. Incluso durante un tiempo la tuve en una bolsa de plástico encerrada en un armario.
Y como era de esperar, un día me cansé de tener la alfombra guardada. Además que ya mis amigos me decían que no fuera tonto, que esa mancha no se notaba.
Por supuesto, al principio tenía cuidado haste de no pisarla, con apenas mirarla, pero me fui encontrando cómodo.

Un día de febrero como otro cualquiera, haciendo el bobo con unas velas, se me prendió fuego. Estaba en mi casa, de pura casualidad, un amigo. Que me ayudó como pudo a apagarla. Toda la cerveza de la nevera tuvimos que usar para apagarla. Luego pensamos que porqué no habíamos usado agua?
Y esa vez no sólo tuve que limpiar. Tuve que coser los destrozos con hilos de otro color. Porque de los originales ya no había disponibles.
Es más, el trozo quemado resaltaba más aún al lado de la primera mancha.
Aunque así, con una parte negra, tenía mejor pinta. Que no es una pieza de museo si no la alfombra de alguien que tiene una vida. Y la tiene en su casa.

Pues bien, con quemadura, con mancha de vino (escribiendo esto he recordado que la primera mancha era de vino) y con todo el polvo del mundo, el otro día, además, le hice un enganchón.
Podría parecer un enganchón tonto, que no se debería notar entre una cosa y otra.
Con tantos años se podría también pensar que la alfombra tiene otros enganchones. Y los tiene, pero no como este.
Es molesto, porqué no puedo dejar de mirarlo. A veces no veo otra cosa más que ese hilo suelto. Incluso hay momentos en que juego con él y lo hago más grande. Sé que si no paro no lo voy a poder arreglar, pero es que mientras tanto tampoco sé como arreglarlo.

Y aunque no es un trozo quemado o descosido, que incluso ya la da cierto encanto, es algo que hace que ahora mismo no me guste nada mi alfombra.
Espero que mi madre sepa coser.

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